La Noche de los Trucos, en San Antón, es una de las celebraciones más singulares del Valle de Chistau.
Cuando cae la tarde del 17 de enero, una gran hoguera se prende en Saravillo y, a su alrededor, jóvenes y mayores comienzan a hacer sonar los “trucos”: enormes cencerros de ganado que retumban en la oscuridad.
El eco resuena entre las casas de piedra y las montañas cercanas, ahuyentando a los malos espíritus y, según la tradición, protegiendo a los animales domésticos.
A “la trucada” de Saravillo le siguen otras por cada uno de los pueblos de Chistau, alargando una noche mágica y ancestral, hasta bien entrada la madrugada.
En Chistau, los pueblos de Plan, San Chuan y Chistén guardan sus propias fechas y costumbres “carnavaleras”, creando un calendario festivo que se alarga durante los meses de febrero y marzo.
En lo más duro del invierno, las calles de estos tres pueblos del valle se llenan de ropajes coloridos, música y momentos de celebración que cambian de una localidad a otra.
Sin embargo, todas estas celebraciones comparten la misma esencia: reunir a la gente en “la ronda”, reírse del frío y mantener vivas tradiciones como la del “muyén”, el muñeco de paja que acompaña a los jóvenes de San Chuan y Plan, mientras “la ronda” pasa por cada una de las casas del pueblo.
En invierno, el Valle de Chistau se viste de blanco y todo adquiere otra dimensión.
La nieve cubre cumbres y prados, el hielo adorna las cascadas y las cunetas, y el silencio de los bosques se vuelve aún más profundo.
Es la época de las excursiones con raquetas, de las travesías sobre esquís de montaña, de las caminatas tranquilas entre pueblos de chimeneas humeantes y de las tardes junto al fuego, después de sentir el frío en la cara.
A menos de una hora del valle, se encuentran, además, la estación de esquí de fondo de Pineta (Bielsa) y la estación de esquí alpino de Piau-Engaly, en Francia.
El invierno en Chistau también es también (o sobre todo) sinónimo de tranquilidad.
El valle se convierte en un lugar sereno, casi detenido. Los caminos se vuelven silenciosos, la vida en los pueblos respira despacio y el cálido sol del invierno marca el ritmo de los días más cortos.
Pasear por las calles empedradas, caminar entre prados helados o simplemente contemplar las montañas blancas desde un banco de piedra, transmite una calma difícil de encontrar en otros lugares.
Es una estación que invita a escuchar el silencio, a disfrutar de los acogedores alojamientos y restaurantes del valle, y a dejarse envolver por la quietud del paisaje.